Al cumplirse una década de trayectoria en el dinámico mundo de la gestión de personas,
surge la necesidad de observar el camino recorrido.
El siguiente texto representa la síntesis de ese aprendizaje, donde la experiencia
operativa se funde con la visión estratégica para definir lo que realmente significa guiar
a otros en el entorno corporativo actual.
Después de una década en el área de Recursos Humanos, transitando desde la
operatividad administrativa hasta la gestión de procesos críticos de cambio, he
aprendido una lección: el liderazgo no es un cargo en el organigrama; es una decisión
personal. No importa qué lugar ocupes; puedes influir desde donde estés, empezando
por ser el/la dueño/a de tu propia vida.
En esta profesión, entendes que cada decisión genera un efecto dominó. A menudo, el
riesgo de que las cosas no salgan como esperamos nos frena, pero la verdadera
satisfacción nace de atreverse. Lo que realmente detiene el crecimiento es el silencio
cómodo o el amoldarse por miedo al conflicto; eso no construye nada, solo te deja con
la duda del «qué hubiera pasado». En las organizaciones, muchas veces no existen
segundas oportunidades para causar un impacto real.
Para ilustrar este camino, me gusta conectar dos obras que me han servido de brújula. Y
quiero ser clara: esto no es propaganda de libros. Los traigo a colación porque el
liderazgo se trata precisamente de eso: de dejar huella. Al igual que estos autores
decidieron sobre qué escribir y asumieron el impacto de sus palabras, nosotros
decidimos sobre qué actuar y asumimos el resultado de nuestra gestión.
El «Instante Fatídico» en la Oficina En Momentos estelares de la humanidad, Stefan Zweig
narra puntos de inflexión donde una sola decisión cambió el curso de la historia. En el
día a día corporativo, también vivimos nuestros propios «instantes fatídicos».
Ocurren en esa entrevista donde decides apostar por un talento que nadie más ve, o en
esa reunión de crisis donde, como líder de RRHH, debes elegir entre el camino fácil de la
complacencia o el camino difícil de la verdad incómoda. He aprendido que la historia de
una empresa no perdona la indecisión. Si no asumimos el riesgo de proponer un cambio
necesario por temor a «mover el avispero», estamos condenando a la organización al
estancamiento. Nuestras decisiones son las que escriben la historia de la empresa.
El Jardín Interior: Liderar sin Máscaras Por otro lado, la enseñanza de El monje que vendió
su Ferrari de Robin Sharma nos recuerda algo vital: no puedes dar lo que no tienes. En
RRHH gestionamos emociones, crisis y expectativas ajenas constantemente. Si no
cuidamos nuestro propio «jardín interior» —nuestra salud mental y nuestra coherencia—
terminamos siendo simples burócratas en lugar de gestores de personas.
Como mujer líder, entiendo que estamos bajo la lupa; la única forma de guiar es con el
ejemplo. Esto implica tener la paz mental necesaria para saber que tomaste el riesgo de
no agradar para hacer lo correcto. El liderazgo auténtico requiere la valentía de quitarse
la máscara y decidir desde la integridad.
Una Mirada Sistémica y Humana: Nadie te enseña a ser líder en un manual; te lo enseñan
los años, los errores, el dominio de las emociones y el entender que en una organización
todo está conectado. Una decisión en un escritorio impacta directamente en la vida
personal de un colaborador. Muchas veces cuesta aconsejar quien se va o a quien vamos
a reemplazar, precisamente por ese peso sistémico: dentro de una empresa, todos
somos influyentes.
Al final del día, el liderazgo se resume en esto: ser lo suficientemente humana para
empatizar, pero lo suficientemente firme para decidir. Después de una década en este
camino, sigo creyendo que el impacto real no está en el cargo que dice la firma de tu
correo, sino en el coraje de haber tomado una dirección clara cuando el resto prefería
callar.
Decidir siempre es un desafío, pero no hacerlo es dejar de apostar por los resultados en
los que creemos. Al final, el liderazgo se trata de tener el valor de intentar que las cosas
sucedan.»
Estas reflexiones finales no son más que el cierre de un ciclo y el inicio de otro. La gestión
humana nos exige una reinvención constante, donde la ética y la valentía deben ser el
norte de cada proceso. Liderar es, en última instancia, un acto de responsabilidad
compartida hacia el futuro de la organización y el bienestar de cada individuo que la
compone.

